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CONTRAPORTADA
RECORDANDO A
JOSÉ LUIS CASTILLO-PUCHE
La relación que nuestra Escuela de Adultos tenía con José Luis, comenzó
en el curso 94-95 cuando en el mes de mayo, y por sorpresa, se acercó a nuestro
Centro y visitó nuestras aulas.
Los alumnos/as dejaron entonces por escrito en el número 2 de nuestro
periódico, sus impresiones, todas muy agradables y cariñosas sobre la persona
y el escritor. Destacan su simpatía, naturalidad, su amena conversación, y su
amplia cultura.
A partir de entonces, año tras año le hemos hecho llegar un ejemplar de
nuestro periódico.
En 1996 nos mandó un artículo para la sección de “Colaboraciones” sobre
el paso del tiempo a partir del título de nuestro periódico. Él lo titulaba: A los
amigos de “El Reloj”.
En este número queremos hacerle nuestro pequeño homenaje y volvemos
a reeditar dicho artículo modificando su título: De tus amigos de “El Reloj”
Todos tenemos el tic-tac del reloj transcurre, por ejemplo, durante el
metido en las sienes, y entre pecho y sueño, o el tiempo que dura un beso
espalda la caja del corazón tiene de amor o una oración que susurra-
también su tic-tac, que suele ser como mos en ocasión de un peligro gran-
un martillito implacable que unas de. Hay un tiempo interior, viven-
veces nos parece que va muy deprisa cial, elástico y que se puede hacer
y otras se nos pone lento y hasta eterno en un solo minuto, y ese otro
pareciera que quiere detenerse. El tiempo que nos marca el desperta-
reloj no mide esencialidades pro- dor, la hora de entrada al trabajo o
fundas de la vida sino accidentes la hora de salida, la hora de dar un
pasajeros, horarios triviales, anec- paseo o la hora del sueño. No es lo
dotario vano del fluir del tiempo. Es mismo el tiempo que vivimos en una
cierto que el reloj marca horas, mi- corrida de toros o en el fragor de
nutos y segundos, pero estas horas, una batalla que el tiempo que vive
estos minutos y estos segundos pa- un condenado a muerte antes de la
san unas veces veloces y fugitivos, ejecución, o el que vive un novio a la
mientras otras veces se hacen inter- puerta de la iglesia mientras espera
minables, dramáticos, angustiosos. la llegada de la novia. Todos tene-
En las horas de felicidad y de placer mos un reloj en la oficina y otro en la
no nos importa el paso del tiempo, conciencia. Con el primero medi-
no miramos siquiera el reloj; pero mos nuestros actos externos, con el
en las horas de espera, de soledad, segundo intentamos medir nuestros
de angustia, nos parece que el tiem- deseos, nuestras culpas, nuestro des-
po no pasa y que el reloj no se tino. Por eso el reloj que llevamos en
mueve. Por eso podemos decir que la muñeca no nos sirve de mucho a la tín el tiempo no era más que un Todas hieren, la última mata, refi-
el tiempo cronológico, el tiempo que hora de calcular nuestro tiempo de secreto de Dios en el abismo intem- riéndose a las horas. Don Pío era
marca el reloj con su tic-tac monóto- vida, nuestro final. Un hombre lleva poral de un espacio ignoto e inefa- un pesimista que había leído de-
no y regular, no existe, porque el toda la vida su reloj como un compa- ble, ajeno a los relativismos de la masiado a Schopenhauer. Pero vi-
ritmo del tiempo lo marca nuestra ñero existencial, pero cuando ese existencia. Para Einstein y Heide- vamos nuestras horas con ilusión
situación anímica y sicológica, nues- hombre muere el reloj sigue mar- gger el tiempo se mueve en una mientras van marcando su tic-tac.
tra alegría o nuestra tristeza, nues- cando las horas. ¿Para quién las vaguedad relativa y poco exacta. ¿Quién ha podido olvidar su primer
tra situación de encanto o de ansie- marca? ¿Para qué? ¿Existe, pues, el Pero el reloj será siempre un buen reloj sujeto a la muñeca, cuando
dad. El tiempo cronológico es de tiempo? ¿Qué es el tiempo? Si se recordatorio para medir la mono- éramos chavales y no nos cansába-
muy diversa naturaleza o vivencia, piensa con mente de eternidad, el tonía de la existencia, aunque tam- mos de mirar sus manecillas mo-
porque no es igual el tiempo que tiempo no existe, y el reloj no es más bién para recordarnos la fugaci- viéndose al ritmo del tiempo que
transcurre mientras esperamos un que un instrumento consolador para dad de todas las cosas. Don Pío pasaba como las nubes pasaban so-
tren o un avión, o una llamada de mantener al hombre en la engañosa Baroja, por ejemplo, hizo suya la bre el cielo azul?
teléfono en la que han de darnos una ilusión de que cuenta sus horas, sus sentencia clásica: “Omnes nocent,
noticia trágica, que el tiempo que minutos y segundos. Para San Agus- ultima necat”, que quiere decir: José Luis Castillo-Puche
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