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CONCURSO DE CUENTOS
XIX Concurso de Cuentos «Mari Luz Puche»
Primer Premio • Categoría D
¡Quiero ser como tú!
Al abrir los Ella le obedeció y le siguió has- y la chica se lo sirvió. Se levantó confundido entre la gente como
ojos, su mira- ta los ascensores, que estaban al para poder coger alguno de esos una más».
da azul escu- fondo del pasillo, él pulsó el botón tiernos bollos para acompañar su Del techo colgaban cuatro
driñó toda la del ascensor y esperó sonriente al café con leche o algún croissant, grandes lámparas tipo arañas, que
habitación, el lado de Lucía, cuando la puerta se todo era tan apetecible que ni si- en su día eran encendidas con ve-
dosel tostado abrió, le cedió el paso indicándole quiera se podía decidir qué tomar las y según le habían contado, en
con sus ba- que entrara en él, todo era tan ele- para desayunar. Una vez recobra- aquel salón se hacían grandiosos
laústres tor- gantísimo en aquel hotel, hasta das las fuerzas, pensó que no po- bailes con la gente con más clase
neados, las cortinas aterciopeladas aquel ascensor dorado con moque- día seguir en ese estado de shock. y posición social de Venecia.
de las ventanas, las lamparitas de ta roja y espejo en el techo, que O no podría ver nada, así que ter- Después de cenar volvió a su
cristal que amplificaban el hilo de perdías la noción del tiempo, por minó de desayunar y se preparó habitación y se puso a revisar to-
luz de la ventana en mil y un ar- mucho que hubiera visto en folle- para salir. Con su mochila al hom- dos los apuntes y notas que había
coíris, estrellados contra las pintu- tos y revistas no le hacía justicia a bro, zapatillas para patear, su dia- ido apuntando en su diario, asimis-
ras del techo, parecían darle vida... la realidad. Ya dentro del ascensor, rio para no perder detalle, quería mo revisó las fotos que había ido
sonrió. Saltó de la cama y se diri- él volvió a pulsar el botón, cuando apuntar todo lo que veía, todos sus haciendo y en ese trajín, cayó ago-
gió a la ventana, abriéndola de par se abrió la puerta los ojos de Lucía pensamientos, pues iba a tomar tada, dormida, sobre la almohada
en par y saliendo a la balconada, se abrieron de par en par, estaba nota de todo, y cuando volviera a de la cama.
suspiró y su alegría, su gozo, le fascinada, no podía creer lo que casa, escribiría un libro con sus vi- A la tarde siguiente, cansada de
invadió el corazón, creía temblar, estaba viendo. vencias, también llevaba una cá- caminar, decidió tomarse un des-
por fin, ya estaba allí, otro de sus - Aquí se sirve el desayuno - le mara de fotos y un plano de la ciu- canso, era una tarde templada del
sueños hecho realidad estaba en indicó el muchacho señalando con dad con los puntos de interés re- mes de abril, el sol estaba cayendo
Venecia. su mano, ella solo atinó a decirle comendados, aunque ella pensaba y pensó que un pequeño intervalo
Lucía se había alojado en un en voz baja. que en cualquier punto de la ciu- y un respiro en su visita no le ven-
hotel, ubicado en un edificio del - Gracias - El muchacho se des- dad por el que pasara, sería de in- drían nada mal. Se sentó en la te-
siglo XVIII, guardaba todo su en- pidió y se marchó. terés. rraza de una cafetería en la plaza
canto de la época, suelos y escale- Estaba en la azotea, en una te- Su primera visita fue a la Basí- de San Marcos, viendo pasar a mi-
ras de mármol, preciosas lámparas rraza que se había habilitado para lica de San Marcos, a su plaza y les de turistas como ella haciendo
de cristal de murano, alfombras, servir los desayunos tipo bufé y cómo no, a dar un paseo en gón- fotos, niños corriendo y con gran
cortinas, cuadros, espejos repuja- alguna que otra pequeña fiesta pri- dola. En el hotel le habían aconse- algarabía, gentes de un lado a otro,
dos en oro... Era entrar allí y vol- vada por las noches con pequeñas jado una ruta a seguir, Lucía asin- disfrutando como ella de esa ciu-
ver atrás en el tiempo. Cualquiera mesitas redondas, con dos sillas de tió complacida el consejo y pidió dad de ensueño. Estando allí, al-
de sus ventanas ofrecía preciosas fina forja blanca cada una, con si le podían preparar algo para co- guien se le acercó.
vistas panorámicas de la ciudad de manteles de hilo fino bordados en mer que pudiera llevar en su mo- - ¡Buenas tardes! ¿Eres españo-
Venecia. Estaba a pocos minutos a color blanco, todas tenían peque- chila, porque no pensaba parar ni la, verdad?
pie de la plaza de San Marcos, es ños búcaros de cristal con flores del para comer, quería verlo todo. Pasó - Sí, buenas tardes. - Sonrió, ex-
todo lo que ella podía y había ima- tiempo y ¡por Dios!, tenía unas todo el día caminando, haciendo trañada.
ginado. exclusivas vistas de la ciudad de fotos a todo y de vez en cuando se - Llevo un rato observándote,
Entró de nuevo en la habita- Venecia que quitaban la respira- sentaba para escribir en su diario. ¿esperas a alguien? ¿Puedo sentar-
ción, tenía tantas cosas por ver, tan- ción. Desde allí se podían divisar Cuando llegó al hotel subió a su me?
tas por hacer... Y tan poco tiempo, las cúpulas blancas y la torre del habitación, se dio una ducha para - Sí y no.
que todo lo quería saborear, pal- campanario de la Catedral de San relajarse y retomar fuerzas para ir - ¿Cómo...? - preguntó él con-
par cada minuto, no dejar escapar Marcos, igual que los canales ad- a cenar. Después de estar todo el fundido, ella soltó una carcajada.
ningún segundo. Así que se vistió yacentes. Además, el cielo brilla- día en la calle, pensó que una bue- - No me importa que te sientes,
para salir a la calle, a conocer Ve- ba de un azul intenso, como dán- na cena le haría bastante bien. En- y no espero a nadie, viajo sola. -
necia, a recorrer sus calles, sus ca- dole la bienvenida a la ciudad. Es- tró en el comedor, era un gran sa- Así que él se sentó frente a ella.
nales... a no perderse nada. Al sa- taba tan emocionada, tan inmersa lón, decoraban sus paredes gran- - ¿Cómo te llamas? - le pregun-
lir de la habitación, se cruzó con en lo que veía y pensaba, que por des cuadros con pinturas de los ca- tó.
un botones en el pasillo. un momento olvidó que había su- nales, de la catedral y a Lucía le - Lucía, ¿y tú?
- «Buongiorno signorina!» bido a desayunar. Se le acercó una llamó mucho la atención uno, en - Santiago - contestó él.
- ¡Buenos días! - Contestó ama- chica y le ofreció una mesa, y ella el que había unas parejas vestidas Mantuvieron una agradable
blemente con una gran sonrisa, la accedió gustosa a sentarse, una vez de época con grandes pelucas blan- conversación, era simpático y te-
cual el muchacho le devolvió. sentada, se le volvió a acercar con cas y antifaz, iban vestidos con los nía una mirada interesante, repei-
- ¡Oh!, española, ¿ha desayu- una cafetera. trajes típicos de carnaval, no le nado y engominado, le contó que
nado usted ya? - Preguntó el boto- - ¿Café? hubiera disgustado ir en esas fe- estaba con un grupo de amigos en
nes, ahora en español, Lucía negó - Con leche, por favor - respon- chas, pensó: «me hubiera vestido un hotel cercano al suyo y que era
con la cabeza. - Sígame, por favor. dió Lucía asintiendo con la cabeza con un traje de esos y me hubiera gallego, tenía un acento que a ella
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